martes, 26 de marzo de 2013

Nepal es el hogar de una Diosa Viviente.


En Kathmandú vive la Kumari Real, una niña-Diosa de la comunidad Newari.

La Kumari no nace Diosa viviente, ni es Kumari para siempre.

Cuando es el momento de encontrar una nueva Kumari, se realiza una preselección de posibles candidatas entre las niñas Newari que cumplan unas determinadas premisas.
Toda Kumari debe poseer 32 virtudes o atributos de perfección como haber nacido en unas determinadas fechas, bajo un determinado firmamento; tener unos determinados rasgos físicos como un color de ojos característico, timbre de voz particular, no haber perdido aún ningún diente y, entre otros,  una piel dorada e inmaculada, que nunca haya derramado una gota de sangre, rasgo éste determinante para poder ser Kumari.

Las niñas pre-seleccionadas como posibles Kumari deben pasar unas pruebas de selección aterradoras, incluso para un adulto.
Son encerradas en un Templo durante una noche bajo una gran oscuridad, rodeadas de cabezas de búfalos sacrificados y hombres enmascarados que danzan y gritan en sagrado y terrorífico ritual tántrico.
En esas circunstancias, el espíritu de la poderosa Diosa Taleza Bhawani (forma nepalí de nombrar a Durga) entra en el cuerpo de la única niña que mantiene totalmente la calma, sin derramar ni una sola lágrima durante todo el ritual.
Entonces, la niña reconocerá las vestimentas y joyas de su predecesora, que pasarán a ser suyas, y que vestirá para salir del Templo.

Entró en el Templo siendo una niña chiquita y saldrá de él convertida en Kumari.
Entró siendo una Normal Mortal y saldrá siendo una Diosa Viviente venerada por hindús y budistas.
Ella no lo sabe porque puede que sólo tenga 4 años, pero ese día cambiará el destino de su vida para siempre.
Un día volverá a ser Mortal, pero jamás volverá a ser una “normal mortal”. El estigma de ser Kumari la acompañará para siempre.

Desde ese día, la Kumari Real dejará de vivir en su aldea con su familia, para vivir en un Palacio en Durbar Square en Kathmandú.
Dejará de recibir atenciones de sus padres porque dejó de ser su hija. Ningún humano  es padre de una Diosa.
Pasará los días bajo la constante atención de sus cuidadores en Palacio.
Desde ese día, NADIE excepto su asistenta la podrá tocar y convertirla en impura.
Desde ese día no podrá pisar el suelo fuera de su palacio.
Sólo podrá salir de su palacio en 12 ocasiones al año con motivo de 12 celebraciones en días de Festival.
No irá a la escuela.
No podrá disfrutar de una infancia de juegos junto a sus hermanos y otros niños, que la hagan impura con su contacto.
Cambiará juegos por rituales diarios.
Recibirá fieles que acudirán en busca de su bendición.
Serán observadas y analizadas cada una de sus reacciones al recibir regalos y ofrendas (si permanece en silencio, se interpretará como que se cumplirá la petición del devoto; si se frota los ojos, implica una muerte inminente en el hogar del quien realiza la ofrenda…).

Ese día pasará de ser un Ser humano a ser una Diosa viviente.
Ese día marcará el destino de su vida.


Su primera menstruación llegará como una maldición, que la volverá impura, no válida para el culto y mucho menos digna de ser la encarnación viviente de una diosa.
Su primera menstruación la hará caer del mundo de los dioses y la mandará de vuelta al mundo de los mortales humanos, esta vez, convertida en mujer.
Una gran pérdida de sangre consecuencia de una herida, enfermedad o cirugía también la harán impura.

Ser Kumari es un Honor, pero haberlo sido… es un Estigma.
¿Quién quiere relacionarse con una Diosa caída?.
Además, cuenta la leyenda que el hombre que case a una antigua Kumari morirá en 6 meses, víctima de una gran “tos sangrienta” (tuberculosis).


Jamás había escuchado hablar de Diosas vivientes y, sin esperarlo, tuve la fortuna de aparecer en Kathmandú unos días antes del “Indra Jatra Festival”, donde se venera a Lord Indra (el Dios de la lluvia) y que coincide con una de las festividades que permiten a la Kumari salir de su palacio.

Sentada a la sombra en el patio del palacio de la Kumari, un cuidador del lugar me habló de Ella.
Me hablaba con ilusión del privilegio de ser Kumari y del honor que es para Su familia (que se pueden negar a que su hija sirva como Kumari para el pueblo) haber sido el hogar donde nació una diosa viviente.

Escuchaba sorprendida mientras me hablaba y cuantas más preguntas respondía y más detalles me explicaba sobre qué significa ser Kumari… Yo, en silencio, más me cuestionaba sobre el privilegio de serlo.

Esa niña no podrá jamás recordar momentos nunca vividos…

La calidez y alegría de besos y abrazos de quien bien te quiere.
Ratos compartidos de risas y juegos con hermanos y amigos.
La tierra mojada bajo unos pies descalzos.
La madera de un árbol recién trepado.
Se perderá la vitalidad de crecer con heridas en las rodillas.
Se perderá la magia de ese momento, vivido con lágrimas en los ojos y sentado en el baño, en el que con cariño te soplan al dejar caer un chorrito de agua oxigenada mientras te regañan por seguir subiendo al árbol del que siempre caes.
No podrá recordar jamás las veces que se durmió mientras alguien la acariciaba y jugaba con su pelo.
Porque todo eso jamás sucederá en la vida de la pequeña Diosa.

Escuchaba atenta a aquel señor que tan amable me informaba y no podía dejar de pensar cómo afectaría a nivel psicológico el hecho de haber sido una Diosa y dejar de serlo.

Si te conviertes en Kumari, reencarnación de la poderosa Diosa Durga, cuando tienes 3 ó 4 años… todos tus recuerdos, la realidad de tu mundo es la de ser Diosa y ser tratada como tal. De repente y sin avisar, un día tienes tu primera menstruación, que ya de por sí es un momento de cambios, de no entender, de sentirte rara… y además lo vives sola, porque no has tenido compañeras de cole que ya te hayan contado…
Y entonces, ese día… la realidad de tu mundo se esfuma.
Dejas de ser una Diosa y de ser tratada como tal.
Te mandan a vivir a un lugar que no conoces, con gente que apenas recuerdas y tienes que comenzar una nueva vida como mortal humano, como Diosa caída…

Debe de ser un momento tremendo para esa niña.
Tremendo a secas, ni malo (porque ganará en libertades) ni bueno (porque tendrá que vivir un mundo que no sentirá suyo). Sólo tremendo.


Miraba a mi alrededor en aquel patio, ensimismada en imaginar cómo sería la vida de aquella niña.
¿Sería feliz la Kumari?.
Qué pequeño se ve este palacio para no poder salir de él en años, recuerdo que pensé…
Mientras comenzaba un ajetreo de personas entrando en el patio y agolpándose frente a los escalones donde estaba sentada, volvió aquel señor y me dijo: “Aún sigues aquí? Verás a la Kumari porque en un ratito saldrá a bendecir y saludar a sus devotos! Pero no podrás fotografiarla… recuerda que es una Diosa!!”.

Con curiosidad esperaba el momento en el que la Diosa viviente hiciera su aparición.

La Kumari hizo su aparición frente a una ventana de aquel patio.
Imaginaba una Diosa-niña radiante, sonriente, iluminada…
Pero me estremeció el corazón ver la mirada de aquella niñita.
Desde el interior, una mano anciana le indicaba que se acercara más a la ventana.
Tenía la cabeza baja y sus ojos tristes miraban el infinito.
Dio un paso al frente, como aquella mano le indicó.
No miro nada ni a nadie.
Tuve la sensación de que ningún alma habitaba ese cuerpo de Diosa.
La misma mano hizo otro gesto y la niña dio un paso atrás y desapareció de nuestra vista.


Mientras se dispersaba el barullo de devotos y turistas, permanecí quieta, en aquellos escalones observando aquellas ventanas, que salvando a la Diosa de miradas indiscretas, estaban tapiadas de cuadriculada madera.
Parece una cárcel diseñada por un ebanista, esa madera no dejará pasar mucha luz, pensé.
Y perdida en mis pensamientos, en una de las ventanas cuadriculadas encontré a la pequeña Kumari.
Miraba curiosa, escondida tras las ventanas de su palacio lo que sucedía fuera, una vida terrenal  que no puede vivir porque ella vive en el mundo de los dioses.
Me dio tanta tristeza que tuve ganas de llorar… y lloré.


Estaba en Kathmandú durante la festividad de Indra Jatra, donde la Kumari sale a la calle y en carruaje recorre algunas calles cercanas a su Palacio para bendecir a sus devotos.
Yo, que no soy ninguna diosa y nadie venía a verme, quedé totalmente impactada por la impresionante cantidad de personas que se agolpaban sin ningún tipo de control en aquella plaza y sus callejuelas.
El día anterior había visto a aquella niña asomada al balcón de su Palacio y podía imaginar el terror y la ansiedad que debía estar sintiendo desde aquel palanquín.

Y entre la alegría de miles, sentí de nuevo una gran tristeza.




Gran honor.
Cuestionable honor ser Kumari.


1 comentario:

  1. Me ha gustado mucho leerte :)
    Espero con ganas tu nuevo post
    Un abrazo,
    Jordi

    ResponderEliminar