lunes, 18 de junio de 2012

El tiempo que un día fue, de mano de Khu Ly *** Vietnam***


Increibles arrozales en el norte de Vietnam. Terrazas cristalinas plantadas de arroz. Bueyes de agua trabajando. Olor a limpio y fresco bajo el sol.
Caminando por horas entre un laberinto de surcos que delimitan las terrazas; ladera abajo y ladera arriba; haciendo equilibrios para no romper los espejos de agua que inundan cada bancal; con un fuerte sol seguido de una tremenda tormenta y una infinita espera bajo un refugio de platanera… llegamos a la casa de Khu Ly, en un lugar de cuyo nombre no puedo acordarme, en el norte de Vietnam.


En realidad, nunca viví en Quitapesares, pero estoy segura de que por unos días tuve la oportunidad de viajar en el tiempo y vivir en la versión asiática de esa finca, cambiando manzanos por arrozales y ojos rasgados.



Al llegar a la casa de Khu Ly nos dieron la bienvenida su hija de 6 años que llevaba en brazos a su nietecita de un año. Emocionadas de ver a Khu Ly de vuelta del pueblo y, esta vez, acompañada por una occidental.
Entramos en casa para dejar las compras del mercado y tratar de secar al fuego las ropas empapadas y, una vez dentro, la bienvenida venía de parte de seis mujeres que, asombradas, repartían sus miradas entre la novela que habían ido a ver a casa de Khu Ly (la única tv del poblado) y la occidental causante de su interrupción.
Me dieron la bienvenida sin una palabra, sólo con sus tremendas sonrisas y profundas miradas observando mi piel, mi pelo y mis rasgos.
Y encontrarme esa imagen me sorprendió. No esperaba una reunión al “color” de la televisión, alborotada por los revoloteos de tantos niños.
Y así, de un golpe, conocí a la maestra del poblado y a algunas de las vendedoras del mercado que habían regresado ya del pueblo y habían amontonado frente a la casa la mercancía sobrante.


Tan pronto terminó la novela, la casa se despejó y dio tiempo a Khu Ly para hacer algunas cosas cotidianas antes de la cena.
Recogimos hierba para el cerdo y las gallinas y Khu Ly lavó alguna de sus ropas…
Nunca había visto a alguien lavar la ropa con los pies!


Las niñas me andaban alrededor, imitamos sonidos de los animales y jugamos a hacer palmas hasta el infinito… Y te das cuenta de lo universal que es tratar con niños, sin importar idiomas o razas.
Al principio, me tocaron el pelo y la nariz un millón de veces y me miraban fijamente a los ojos y en diez minutos, ya las tenía saltando sobre mí, escalándome…


La hora de hacer la cena llegó y cocinamos en cuclillas al fuego y dejamos todo preparado para cuando llegaran del campo y del pueblo su hijo mayor (18 años) con su mujer (17 años), madre de la niñita de un año y un bebé de un mes que cargaba a la espalda.

Y cenamos en una mesa chiquita todos en cuclillas y hablaban del mercado, del campo y los animales, mientras la pequeña jugaba alrededor y todos le dábamos comida de nuestro plato cada vez que tenía la boca vacía.

Bañamos al bebé en un barreñito en la cocina (el mismo en el que habíamos limpiado la verdura para la cena) y para secarlo… qué mejor que el calorcito del fuego…
Asique estuvimos un buen ratito con el peque, bien pegaditas al fuego, dándole vueltas para secarle todos los pliegues, mientras Khu Ly y su nuera me explicaban cómo se habían sentido al tener que irse de sus casas y sus poblados para vivir con la familia de sus maridos; cómo su suegra se convertía en la madre a la que dejaban de ver y cómo sus nueras sustituían a las hijas casadas, que también dejaban de ver; cómo Khu Ly parió su primer hijo en el campo porque no le dio tiempo de llegar a casa; cómo su nuera sólo tres semanas después de tener al bebé había vuelto al mercado, donde se sienta cada vez que el peque tiene hambre.

Miraba su carita de niñita y sólo podía pensar en qué diferentes son nuestras vidas, siendo tan iguales y, en definitiva, preocupándonos por las mismas cosas importantes de la vida (la salud, el bienestar de nuestros seres más queridos, trabajar para poder cubrir nuestras necesidades…) , pero de forma y en momentos tan diferentes…

Y cuando todos se fueron a dormir (19.30h), Khu Ly y yo nos quedamos un ratito más haciendo madejas de fibra vegetal para hilar y me habló de su vida… de cómo es la vida en el campo, de su relación con su marido y con su hija casada, a la que apenas ve… y me habló de cómo era el pueblo donde creció, de sus hermanos… y lloró un poquito al explicarme cómo su madre murió de “fuego en la cabeza y dolor de barriga”… Y yo también lloré un poquito al escucharla.

Aún comunicándonos con un inglés muy rudimentario, cuántas sensaciones se pueden percibir si se está atento a las emociones, sin necesidad de una gran habilidad de comunicación verbal.

Sólo dijo “It was difficult” (“fue difícil”), refiriéndose a cuando murió su madre siendo tan joven y brillaron sus ojos mirando el infinito en el fuego y se me estremeció el alma…

Pero también reí cuando, con la mirada más inocente y en un susurro, me decía cómo su marido se fuma las flores del cáñamo que ella utiliza para sacar fibras y tejer…

Y me habló de cuando era jovencita y su padre y sus tíos fumaban opio en casa…
Y le pregunté si su marido también fumaba opio con las “florecitas” y, con una mirada picarona, me contestó: “Of course…. Nooo” (por supuesto que nooo)… y me reí… y nos reímos juntas un poquito antes de dormir.

Y mientras el silencio sólo lo rompía el crujir de la madera en el fuego, me quedé dormida sobre el bambú, abrazada por el humo.

Bien tempranito (4.30h), la casa se llenaba de vida… otra vez el fuego reanimado, agua hirviendo para el arroz y el té, comida para todo el día y desayuno todos juntos antes de ir al campo, al mercado o al cole.

Y poquito a poquito, el porche se llenaba de niños que jugaban con los animales antes de empezar la escuela, pegadita a la casa.

Khu Ly me dio una latita pequeña de leche condensada y una cucharita, para que se lo diera a los peques de la casa y, de repente, me vi apoyada en el marco de la puerta con la hijita, la nieta y un sobrinito de Khu Ly mirándome con la boca abierta y esperando su cucharadita. En orden, les daba a cada uno su cucharada hasta que el tarrito se acabó y la más peque me lo pidió para rebañarlo con sus deditos chiquitos mientras su tía (de seis años) controlaba que no se acercara al borde para no cortarse.

Y un poquito de leche condensada fue por unos minutos un gran tesoro a compartir mientras saltaban, canturreaban y bailaban de la emoción, esperando su turno de cucharadita.

 Y todo se quedó en silencio cuando todos los niños entraron en la escuela.


Khu Ly buscó entre sus cosas ropa  para mí y me convirtió en una hmong y, como hmog, fuimos ladera arriba a cuidar del maíz, dejando atrás la mirada sorprendida y divertida de las mujeres que, de espaldas me creían hmong, hasta que se daban cuenta del error…


Y después de comer, la casa se volvió a llenar de vida con los niños de vuelta del colegio… y jugaron y jugamos, mientras cuidábamos del bebé dormido sobre una esterilla en el suelo del porche…



Y ese porche se convirtió en el centro del Universo, mientras Khu Ly remendaba ropa con una vieja máquina de coser, los peques escalaban el telar y la madera apilada para el fuego…


Y me recordó el porche de Quitapesares un domingo cualquiera, después de comer gazpachos.
Y me recordé escalando las rejas de las ventanas y la fuentecita de azulejos azul y blanco y corriendo entre los pinos; y recordé la misma máquina de coser a la entrada de la casa, remendando pantalones, camisas y manteles…

Y recordé a quien tantas veces se sentaba en esa mitad de tubería, con su bigote blanco y su chichón, mirando al cielo para predecir si llovería…
Y, de repente, me llegó el olor del tabaco que fumaba y recordé lo que me dijo la última vez que lo vi… 
Y se me escapó una lágrima de amor y de añoranza.


Y sólo puedo darle las gracias a Khu Ly que, por unos días, me prestó su familia y su vida para hacerme vivir un tiempo pasado que, aunque conozco, jamás viví…  y hacerme recordar todo lo que un día sí viví.



Para todos los que vivisteis el esplendor de Quitapesares…
Gracias por haberme contado tan bien cómo fue vivir ese tiempo hasta hacerme volver a él y, entre niños vietnamitas, veros jugar, perseguir animales, compartir lo poco que teníais,  cuidaros y quereros tanto…
Una vida que, aunque dura, todos recordáis como una de las épocas más felices de vuestras vidas…

Y en un lugar en el norte de Vietnam, de cuyo nombre no puedo acordarme,  entendí por qué.


*** Algunas fotos más...

De camino al poblado.... bruma, lluvia y sol....




Las mujeres de la casa.... Khu Ly y su nuera



El abuelo y marido de Khu Ly


Los peques de la casa.... Tia y sobrina y... el primo...


Se van todos al cole y... me dejan solita.... 
Los "pendientes" acordes a su edad...
Tia... con 6 años
Sobrina... con su pendiente de hilo....
La maestra de la escuela con su hijo.... De cháchara junto al fuego...


Jugamos un poquito??






Convirtiéndome en Hmong...





Al calor del hogar...








La sobremesa de juegos y "gamberradas".... en la puerta de casa....















Quién no se ha parado un momento a mirar qué dirección toma el pipi... ;)





Las mamás del mercado...



Y dos amigas...



Y como curiosidad....... os voy a enseñar desde dónde escribí esta "crónica"....
Es el techo de un barco... navegando el río Tonle Sap (Cambodia)






5 comentarios:

  1. Hola Maite, soy tu prima Marta, hija de Paqui :). Llevo leyéndote con envidia y mucha admiración desde que inauguraste el blog. Acabo de leer tu última entrada y me he emocionado con la historia de Khu Ly y esa curiosa permutación del espacio y del tiempo; los recuerdos de una infancia en Quitapesares que no tuviste, esas experiencias que nos llevan a otros lugares que nunca hemos conocido pero de los que estamos impregnadas...
    Cuánta magia y cosas bonitas hay en el mundo, Maite, qué alegría que haya gente que tenga el valor de saber verlas y contárnoslas.
    Si sigues viajando así serás la culpable de que termine cogiendo un avión a la Conchinchina sin billete de vuelta! Abrazos grandes :).

    ResponderEliminar
  2. Qué delicia de crónica y fotografías. Hay que vivir y sentir primero y escribir después, como estás haciendo Maite! Maravilla de experiencias y vivencias. Gracias por compartir con nosotros esta vital experiencia. SALUDOS.

    ResponderEliminar
  3. Maite, que bonito relato el de tu convivencia con la familia de Khu Ly en las montañas de Vietnam, que maravilla de fotos y que evocación de recuerdos de mi infancia en "Quitapesares".
    Cada vez tengo mas claro que el que "cree, crea".
    Tu en Enero y Febrero creiste en lo que era un sueño con el pensamiento, tras aplicarle el correspondiente sentimiento e intención y manifestarlo mediante la palabra (decreto), al final, tu pensamiento se esta haciendo relidad en el dia a dia .Eso es MAGIA, y tu sabes hacerla.
    Yo que te conozco ya desde hace unos pocos años, cada dia que pasa admiro mas tu capacidad de CREACION , arte del que empiezo a considerarte maestra, por lo que tengo que pedirte que sigas creando , y haciendonos participes de tus creaciones y de tu magia, que aunque comentamos pocos , son muchos los que te están siquiendo .
    Un abrazo magico,tan lejano en la distancia, pero tan cercano en los sentimientos .

    ResponderEliminar
  4. Fantástico Maite, no dejo de admirar tu extraordinaria experiencia. Asumo que ya a estas alturas te has convertido en una mejor persona y en un formidable ser humano. Abrazo

    ResponderEliminar